Algo rozó mi espalda y ardió. Dormité por un instante más. La hoja volvió a entrar, algo la atrancó, el ruido fue sordo como el de un tronco tropezado fuertemente en el fondo del río. No dolió. Había sido un día de sol sombrío, con gentes de figuras vulgarmente exhibidas a la claridad de la calle ardiente en un mes de invierno. Los tragos entraron sin reparación, sin lengua ni ojos, ni lágrimas, ni recuerdos. Los tragos se escudaron en algunos hombres, para ayudarme a no ser observado. No les escuché, no los vi, ni siquiera asentí. Pero algo rozó mi espalda. Y, luego mi brazo, mi cara, mis manos en su automático movimiento de protección de un cuerpo abandonado.
Algo me arrastró. Me sacudió, me hizo traquear la espalda, el pecho. La cara me ardió, se durmió. El cristal del ojo se pinchó. La hoja abrió mi ombligo. Nadie chistó.
Sus ojos eran claros y perdidamente furiosos. No lo reconocí. En cambio, los otros, aguileños, de cuentas profundas, de manos huesudas, de espalda curva, de pelo indio, de boca seca, se quedaron impregnados en mi nariz de olleta. La hoja entró nuevamente para asegurarse de desbordar todos los canales del líquido aguado y falsamente carmesí. El cuello fue vaciado. El cuerpo quedó limpio.
El río estaba cerca. Dos instantes no fueron poco espectáculo. El cuerpo no se preocupó. La gente se sació. Los ojos furiosos gritaron, las bocas secas asintieron, el agua aceptó y el golpe se oyó.
El rió no se preocupó. El agua apenas se sonrojó.
Se hundió. Nadie lo buscó.
Flotó y afloró. Los nicuros fueron abejas en carnes pálidas o lívidas. Bajaron con él hasta saciarse en soles y lunas, en lluvias, con olas. Los huesos traquearon contra sus bocas húmedas, el cuerpo no se esforzó. La nariz desapareció. Alguien los espantó como si fueran ratas. Lo rebalsó, lo subió, lo sepultó y no lloró. No se preocupó por las ramas secas que podrían ir cruzadas a la cabeza del promontorio de tierra. Ni se molestó por lavarse las manos de un cuerpo sin olor.
Amabelle
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