Un Kito!

Un Kito!
Detras

CHENCHE'S

Alguna vez pensé que era posible recoger
los pedazos de la tierra india de mi papá,
aquella que los estragos de la Violencia
de los años cincuenta habían refundido
en el olvido, en la no importancia de
duelos nunca pensados de aquellos años de juventud del
que hoy es un viejo nostálgico y neurótico.
Ante la imposibilidad siquiera de hablar de tierra india,
de la que nunca perteneció o quiso pertenecer mi padre
y sus familiares, me veo expuesto al mismo olvido. Soy
neurótico igual que todos ellos, tal vez más que ellos; tal
vez por no verme indio, tal vez por sentirme tan vano como
mestizo en un país donde nunca, ni siquiera, pego el indigenismo.
Quise entonces, ser bailarín donde la danza tradicional
decadente estaba lo suficientemente manoseada por la técnica
clásica del ballet y las pretensiones europeas del folklore.
Después hice guiños con la academia, que aunque no la
conocía, pronto llegamos a confluir en nuestro valor compartido
del arribismo. Hoy, como cuando era niño, tan sólo
quiero bailar en una orquesta de pueblo. Quiero ser estrella
marginal de un show para borrachos en lugares no pensados
para académicos.

Amabelle

Uno de los gemelos.


Rojizo…aún más con la lluvia de la mañana que ha pasado. Se pega a mis sandalias. Igualmente rojizo por el barro, está él tirado en la canoa. Eso lo supe. No quise acercarme. Su recuerdo, su olor a alcohol y algunas de sus incoherencias me son menos desoladores y perturbadores. Que se lo lleven. Ya se fue. Se quería ir.

Ya no se....

Las certidumbres se han perdido...todo es un manojo de pedazos... no sé si todo me duele o si me imagino el dolor...todo está lleno, saturado e histericamente vacío.

La abuela de los Cruz

Me tomaron de una mano. Tengo la sensación de haberme vestido para domingo de misa o  de visita a la abuela. Era un señor de tez oscura, vestía de camisa azul claro. Caminamos hacia el río. Pero nos desviamos, ni a donde la abuela ni a misa ni al río. Subimos tres escalones de concreto. Los contamos. Me hizo saludar de manera muy cortés. Preguntó si quería ver. Respondí que sí. Un momento después estuve levitando sobre el cajón rectangular de madera pálida. En su fondo caían unos cabellos blancos y un rostro arrugado y descansado. Me posó sobre el suelo grisáceo, bajé la cabeza y todo volvió a nublarse.
Puma

Afrechos


Estoy flaco. Se me ha vuelto costumbre decir
esto, que me lo digan. No tengo mucho por
decir. No tengo energías para hablar, para
escribir…La cama se alimenta de mis carnes,
de mis ojos, de mis ganas de seguir...
En las noches tengo malestares sin recuerdos ni sueños,
de muertes lentas, de resurrecciones irreales, de frigidez.
Todos los días amanezco débil, hipocondriaco, huérfano…
curiosamente completo. Sé que quiero explotar, pero no
puedo…ya he hablado lo suficiente, he sacado con fuerza
lágrimas…ridículo me he visto. Los sentidos han abandonado
mi cuerpo, mi boca, mi cabeza, mis manos, mis
genitales, mis pies, mi estómago. Quiero economía en la
expresión, en la risa, en la lágrima, en el bocado, en el roce,
en la ilusión.

Amabelle.

Chucho cabezas

Algo rozó mi espalda y ardió. Dormité por un instante más. La hoja volvió a entrar, algo la atrancó, el ruido fue sordo como el de un tronco tropezado fuertemente en el fondo del río. No dolió. Había sido un día de sol sombrío, con gentes de figuras vulgarmente exhibidas a la claridad de la calle ardiente en un mes de invierno. Los tragos entraron sin reparación, sin lengua ni ojos, ni lágrimas, ni recuerdos. Los tragos se escudaron en algunos hombres, para ayudarme a no ser observado. No les escuché, no los vi, ni siquiera asentí. Pero algo rozó mi espalda. Y, luego mi brazo, mi cara, mis manos en su automático movimiento de protección de un cuerpo abandonado.

Algo me arrastró. Me sacudió, me hizo traquear la espalda, el pecho. La cara me ardió, se durmió. El cristal del ojo se pinchó. La hoja abrió mi ombligo. Nadie chistó.

Sus ojos eran claros y perdidamente furiosos. No lo reconocí. En cambio, los otros, aguileños, de cuentas profundas, de manos huesudas, de espalda curva, de pelo indio, de boca seca, se quedaron impregnados en mi nariz de olleta. La hoja entró nuevamente para asegurarse de desbordar todos los canales del líquido aguado y falsamente carmesí. El cuello fue vaciado. El cuerpo quedó limpio.

El río estaba cerca. Dos instantes no fueron poco espectáculo. El cuerpo no se preocupó. La gente se sació. Los ojos furiosos gritaron, las bocas secas asintieron, el agua aceptó y el golpe se oyó.

El rió no se preocupó. El agua apenas se sonrojó.

Se hundió. Nadie lo buscó.

Flotó y afloró. Los nicuros fueron abejas en carnes pálidas o lívidas. Bajaron con él hasta saciarse en soles y lunas, en lluvias, con olas. Los huesos traquearon contra sus bocas húmedas, el cuerpo no se esforzó. La nariz desapareció. Alguien los espantó como si fueran ratas. Lo rebalsó, lo subió, lo sepultó y no lloró. No se preocupó por las ramas secas que podrían ir cruzadas a la cabeza del promontorio de tierra. Ni se molestó por lavarse las manos de un cuerpo sin olor.


Amabelle

Puedo escribir, pero muchas veces es mejor el silencio

Creo que ando convencido en que la narración, muchas veces, debe dar paso al silencio. Aquel silencio que nunca debe ser expuesto a interpretación o representación alguna. Sin embargo, muchas veces, el relato es lo único que nos queda después de tanto desgaste...